El populismo se instala en la Casa Blanca

Por el Pastor Parrish Jácome H.

Los principales medios noticiosos del mundo compartían con sorpresa y preocupación la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales. Titulares con presagios nada halagadores compartían los resultados de una contienda electoral que centró la mirada de gran parte del mundo, en un escenario que según las encuestas favorecía con el triunfo a Hillary Clinton, quien en su cierre de campaña, procuró convencer a los estados indecisos, sin alcanzar el objetivo deseado. La victoria se manifestó desde el principio, consolidando una votación que fue confirmada en la puntuación alcanzada en el Colegio Electoral. Un triunfo que se alcanzó en una pobre campaña electoral, donde la mayor parte del tiempo fue invertido en descalificar al candidato opositor, abordando de forma superficial los temas que requerían ser profundizados.

La habilidad de Trump se evidenció al identificar aquellas preocupaciones, intereses o decepciones que una gran parte de este electorado guardaba en su interior, donde las perspectivas nacionalistas resurgieran como una esperanza que se refleja en la visión del “sueño americano”. El discurso directo, atrevido, nada conciliador, ganó espacio, despertando sentimientos tan diversos, complejos de explicar a no ser por la fuerza de un mesianismo. Pensar en la posibilidad de un Trump candidato y otro presidente es complejo, si bien el tono de sus intervenciones pueden mesurarse, la riqueza de su interior fue expuesta a plenitud, evidenciando la sagacidad de un candidato dispuesto a moverse de acuerdo a las circunstancias. Olvidar sus expresiones duras a los inmigrantes, pasar por alto su intolerancia religiosa, dejar de lado su irrespeto a la mujer, las mofas a las personas de capacidades especiales, pone en relieve la dicotomía de un pueblo que condena el aborto, el matrimonio gay, pero está dispuesto a tolerar el odio racial, la prepotencia, categorizando los males. No se trata entonces sólo de Trump, la inquietud también se produce con el discernimiento de un pueblo que siempre se presentó como maduro y equilibrado, erguido como modelo para otras naciones.

El pueblo evangélico, mayoritariamente de raza blanca jugó un papel importante en los denominados estados conservadores, donde las iglesias recibieron la visita del candidato ganador, escogiéndose a su compañero de fórmula a Mike Pence, quien se identifica como cristiano, conservador y republicano. El discurso de Hillary fue rechazado en estos espacios, provocando una acción – reacción inmediata, donde la opción era condena, castigo, un voto censura que no siempre se expresaba con libertad, pero al final se impuso en la papeleta. En esta misma línea en menor proporción tomaron partido los votantes latinos o negros, quienes conservando el secreto del voto, inclinaron la balanza en último momento por un candidato sin trayectoria política alguna. Latinoamérica siempre fue vista como una región donde el populismo se instaló, viviendo experiencias impensadas, donde llegaron al podio presidencial desconocidos, llevados por circunstancias que supieron aprovechar. Hasta ahora estas realidades estaban tan distantes de la denominada “democracia madura” capaz de enseñarle al mundo como deben hacerse bien las cosas, al punto de sentirse con derecho de intervenir en cualquier lugar para precautelar el bien común.

El salto al vacío, aquel que se produce en momentos de apremio, tiene su espacio en la política, cuando la decepción nubla la razón, el sentimiento oscurece la lógica, abrazando una esperanza venga de donde venga. Los pueblos son libres de escoger a sus gobernantes, el ejercicio libre y democrático permite este espacio con frecuencia, afirmando el camino o buscando alternativas, donde las lecciones deben de estar presentes. Aprendizajes son necesarios, aquellos que muestran las consecuencias nefastas de los populismos, mesiánicos por definición, dispuestos a centrar todo en la persona de un gran redentor, incapaz de reconocer sus errores, aceptar otros criterios, mostrando una postura egocéntrica que terminará fragmentando una nación. En este sentido, tenemos tanto que enseñar a nuestros amigos del Norte, caminando en una ruta desconocida, donde los dolores de parto, en una nación que se formó y fortaleció por la participación de inmigrantes, comenzará a sentirse pronto. Trump, cambio o caos, interrogante incuestionable para quienes de forma directa o indirecta lidiaremos con las decisiones del presidente electo de los Estados Unidos de América. Impredecible, irreverente, tenaz, capaz de enfrentar la crítica despiadada y continuar con su enfoque claro, aquel que le otorgó su distinción más esperada, liderar su nación.

Las expectativas que ha generado en su población demandarán acciones consistentes con su discurso, donde la apertura de plazas de trabajo, baja de impuestos, mejoras en los programas de salud, serán determinantes para afirmar un periodo de cambios, de no ser así, el caos que en su dimensión más elevada terminará siendo anarquía, apropiándose de ciertos sectores fragmentados en la actualidad. Nuevos vientos soplan en la Casa Blanca, su huésped a partir del 2017, no es estadista, político, su habilidad no es ser conciliador, cualidades en el presente intrascendentes para un electorado que quiere “un campeón”.
Señor Trump, América y el mundo espera verlo en acción.