No hay respeto, la violencia sigue imparable – Ps. Parrish Jácome

El dolor por la muerte de 49 personas en Orlando, pone de manifiesto la descomposición moral que la sociedad continúa enfrentando. Mientras los avances de la ciencia y la tecnología no se detienen, haciéndonos pensar que vivimos los mejores tiempos, el deterioro de los valores entre los seres humanos, levanta severas dudas o temores.
Matar a sangre fría dándose el tiempo para llamar al 911, pareciera un guión aterrador de una película de terror, donde los protagonistas influenciados por diversas emociones, comenten crímenes atroces. Lidiar con estas imágenes en la cinematografía, acribillando a hombres, mujeres, niños o ancianos, termina siendo una rutina, capaz de ir adormeciendo la sensibilidad y el respeto a la vida.
El derecho a la vida es inalienable, intrínseco, esencial, forma parte de las garantías que toda sociedad debe brindar a sus ciudadanos. Los horrores cometidos en diversos lugares, nos deja la sensación de enfrentar una abierta indefensión, manifiesta en las calles de las pequeñas y grandes ciudades, donde el acceso a servicios denominados del primer mundo, en nada impiden el avance de la maldad.
Tomar una bandera política, religiosa, etnica, para justificar la violencia es inadmisible, quienes aplauden estos actos o con su silencio complice lo afirman, perdieron esos rasgos que nos distinguen de otras especies vivas. La capacidad e inteligencia de la raza humana queda comprometida, al presenciar actos inauditos a nombre de una fe, un partido, un estado.
Preguntar por el respeto hacia la vida es imprescindible, necesario, en una sociedad que sigue llorando sus muertos, desarraigados de forma brusca, brutal, alimentados por ideologías que perdieron el sentido común, la cordura, el buen juicio. Terminar con los sueños, anhelos, deseos latentes de una persona, termina siendo la tónica que con mayor frecuencia se repite.
Los temibles asesinos fueron en algún momento niños, aquellos que vivieron en el seno de un hogar, donde la influencia de los padres marcó o debió marcar la conducta. La transformación que muchos de estas personas experimentaron, dejan tareas pendientes, inquietudes latentes, temores agudos, prestos a confrontarse si queremos revertir una espiral que sigue ascendente.
Las familias de las víctimas de Orlando siguen llorando sus pérdidas, la sociedad americana debate la posibilidad de restringir el uso de armas, la comunidad mundial atónita observa el crecimiento de la impiedad. Mientras tanto el respeto sigue pisoteado, olvidando que la defensa y promoción de la vida, debe envolvernos a todos sin distingo alguno. Quien celebra una musrte, nunca aprendió amar la vida, respetándola en todos a pesar de cualquier diferencia.
El respeto, sí, el respeto por la vida, parece que se esfumó, perdió, dejando una estela de dolor, lamento, crueldad, que cada día se agudiza.

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